¿Tiene Sentido Vivir para Trabajar?
Quién no se hizo esta pregunta alguna vez? Quizá quienes no trabajan o no lo hacen a cambio de su sustento. Para todos los demás la realidad es otra, y, muchas veces, poco feliz. Desde un punto de vista estadístico, la mayoría de nosotros nos pasamos la vida trabajando para pagar los consumos que nos acompañan durante los años. Seguramente no tengamos que discutir demasiado respecto a que la gran mayoría de las cosas que compramos con ese dinero que tanto cuesta ganar no son realmente necesidades sino deseos.
Una vez que nos encontramos dentro del círculo de “vivir me cuesta casi todo lo que gano”, es fácil acostumbrarse a que la vida es poco más que trabajar, consumir y descansar. Si pensamos en para qué estamos sobre la faz de este planeta, difícilmente aceptemos que nuestra misión es trabajar para mantener la economía funcionando. Por el contrario, seguramente pensaremos que la imposición de trabajar tan extensamente nos impide disfrutar de la existencia. Aun así, seguimos insistiendo en trabajar, trabajar y trabajar.
Para un empleado típico, el día consiste en más o menos 12 horas dedicadas directa e indirectamente a asuntos laborales, 6/8 horas aplicadas a descansar, y el resto a dividir entre las miles de tareas y distracciones existentes en la vida moderna. Aún si tomáramos el dormir como algo por lo cual vale la pena vivir, este trabajador, que representa silenciosamente a la absoluta mayoría de la población mundial, estaría dedicando bien por debajo de la mitad de sus años a cosas que mínimamente tienen sentido. ¿No ven algo completamente descolocado con esto que describo? ¿Estamos tan acostumbrados a ser parte del rebaño que no nos preocupa dedicar nuestra vida a cosas de escaso valor? Algunos se preguntarán qué opción hay, ya que la mayoría de nosotros no tomamos un empleo por gusto sino por necesidad. Una opción es darse cuenta que por más obligados que nos sintamos a vivir como vivimos, no es verdad que es la única manera. Nos resulta muy fácil convencernos de que el camino que transitamos es el menos peor, y que hacer otra cosa nos pondría en aún más dificultades. Eso no es cierto. Todos tenemos muchas más alternativas que las que ponemos sobre la mesa. El problema es que descartamos casi todas las opciones que supongan sacrificar los “beneficios” a los que nos hemos acostumbrado. Esto nos deja, realmente, con pocas vías de escape. Ahí es cuando tenemos que poner en la balanza el costo de esos “beneficios” y ser capaces de racionalizar si vale la pena cambiar buena parte de los mejores momentos de la vida por cosas tales como vivir en una casa que casi no podemos mantener, o por comprar posesiones que no necesitamos o vestir ropas que sólo nos gustan porque otros nos convencieron. Nada pone más en evidencia que hemos perdido el control de nuestras vidas que usar todos nuestros ingresos para pagar cuotas o tarjetas de crédito o préstamos utilizados para comprar “cosas”.
Muchos conocerán la sensación de alivio que se experimenta al salir de compras. De varios modos funciona como una aspirina para el dolor de no vivir bien. Algo así como: “ya que no soy muy feliz, al menos me compro cosas que me gusten”. ¿Y el costo de esa aspirina? ¿Pagar la cuota del auto justifica trabajar hasta tarde y volver a casa y tener que ver a tus hijos dormidos.
¡Concienticémos un poco! La vida se nos pasa y estamos más horas con nuestros compañeros de trabajo que con nuestros seres queridos. Actuamos como si fuéramos a vivir cien años, quemando etapas dedicados a “construir” un futuro cómodo y relajado. Bien podría suceder que no tengamos tal futuro, y lo que vivimos hoy es lo único que nos queda.
Debemos darnos cuenta que la vida se trata de otra cosa, y actuar para cambiarnos de lugar. No importa cuál sea tu situación, te garantizo que hay un lugar mejor al alcance de tu mano. Pero no te abraces a tus posesiones materiales como si fueran tu razón de ser. Invierte ese dinero que gastas actualmente en espejitos de colores modernos en herramientas para salir de donde estás. Aprende, experimenta, investiga, conoce otras personas, logra ser más abierto a otras posibilidades.
¡No vendas tu vida por una cuota mensual que no cambiará nada!
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