Jueves, 20 de Agosto de 2009
Ramiro
El otro dÃa, yo estaba hablando con una persona que me contaba con lujo de detalles su exitosa participación en lo que él llamaba “acciones de marketing”. Siendo el marketing un tema que me interesa mucho por formar parte de mi trabajo, escuché atentamente las anécdotas que esta persona me contó. Grosso modo, el resultado de esa conversación confirma un poco mi sensación de que el marketing actual está más cerca de ser una profesionalización de la mentira que una actividad cuyo objeto sea promover la venta y reconocimiento de productos y servicios. Resultó ser que casi todo lo que formaba parte de esas acciones de marketing consistÃa en exagerar desvergonzadamente las cualidades de un producto, a la vez que se mentÃa sin rubor sobre la calidad y cantidad del personal que desarrolló el producto y le brinda soporte. Comprendo que el embellecimiento con fines publicitarios es razonable y casi necesario, pero de ahà a la multitud de técnicas de cuasi-falsificación que suele utilizarse hay un mundo de distancia. Hoy, el mensaje publicitario promedio dice algo asà como: “somos los mejores, tenemos el mejor precio, poseemos el mejor diseño, somos los más reconocidos, usamos la más alta tecnologÃa, bla, bla, bla”.
¿En qué momento se cruza la lÃnea que separa lo exageradamente embellecido de la mentira?
Si yo miento un poco para vender más, mi competidor mentirá más que antes para recuperar los clientes que le quité. Y un tercero mentirá aun más para poder ingresar al mercado y sacarnos clientes, y entonces deberemos agrandar y sofisticar nuestras mentiras una vez más…
Martes, 7 de Julio de 2009
Ramiro
En el mundo actual, estar ocupado y tener largas agendas es señal de cierto progreso. Parece que si uno tiene algunas horas libres al dÃa, está perdiendo productividad. Luego, la mayorÃa de las personas que quieren subirse al tren del éxito, creen que la forma es estar tan ocupados como sea posible; siempre haciendo algo. Como consecuencia lógica de estar tan ocupados, no pueden prestarle suficiente atención y análisis a casi nada, ya que no poseen los bloques mÃnimos de tiempo que requiere tal tarea. Y el cÃrculo finaliza con la persona muy ocupada en muchas cosas, ninguna de las cuales está suficientemente pensada ni, tampoco, realizada con detenimiento. Una vez más, esto termina con muchos menos casos de éxito de los esperados, ya que no puede esperarse que las cosas salgan siempre bien si se las planifica poco y se las ejecuta aun menos. Y este cÃrculo no hace más que aumentar, porque las personas muy ocupadas guardan esa inercia que los motiva a seguir formando parte de nuevos proyectos, a los que no podrán dedicarles la atención necesaria y terminarán inconclusos o fracasados, haciendo que haya que buscar nuevas ideas a las que darle esos pocos minutos que quedan.
Miércoles, 3 de Junio de 2009
Ramiro
Para aquellos que hayan pasado algunos años analizando racionalmente el orden y movimiento del mundo, se vuelve evidente que mucho de lo que se hace está firmemente basado en una mentira. Es decir, en alguna parte de la cadena de eventos que llevan a la realización de casi cualquier cosa hay una mentira. La mentira puede ser grande, puede ser pequeña, puede ser importante o instrascendente, pero existe.
Los lugares más notables donde ver este fenómeno son la polÃtica y el comercio.
En polÃtica nada, absolutamente nada, de lo que se hace corresponde 100% a lo que se dice que se está haciendo. En muchos casos, lo que se hace no aplica en absoluto al objetivo argumentado detrás de esos actos; una flagrante mentira, si me permiten la expresión.
Y en la empresa pasa exactamente lo mismo; las virtudes de los productos y servicios están escandalosamente exageradas; los vendedores son sistemáticamente entrenados para mentir o, en el mejor de los casos, exagerar los beneficios y ocultar información negativa; los contadores invierten la mayor parte de su tiempo en variadas e ingeniosas maneras de evasión impositiva; los gerentes demuestran su performance actoral vendiéndole historias de futuros progresos a los empleados para obtener un máximo rendimiento; y el consumidor fomenta y mantiene esa estructura de mentiras tan solo creyéndolas y comprando aquello que se exhibe.
Creo que no tiene mucho sentido intentar cambiar todo esto luchando contra “el sistema”; lo que sà podrÃamos hacer es cambiar nosotros mismos, entendiendo el panorama y eligiendo nuestras opciones -sabiendo qué significan realmente-.
Es hora de dejar de creer todo lo que se nos dice y emplear los métodos que tengamos para sacar nuestras conclusiones respecto de qué es verdad y qué no lo es.